El principio de todo

Todo empieza en algun momento, siempre existe el principio de todo… sea una aventura o un blog. En el caso de mi blog, el principio de todo es este momento:

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El momento que aparecen dos rallitas en un test de embarazo. Bueno, perdón: este momento no. Pues dos o tres semanas antes aparecen otros momentos: momento éste-no-es-mi-cuerpo, momento ups-porqué-tengo-las-areolas-tan-marcadas, momento raruno en general… El momento en que notas que tu cuerpo no es tuyo, y se producen cambios en unas horas a una velocidad que ni los coches de Fórmula 1. Esos momentos…

Unos días más tarde vas al ginecólogo, te hace tu primera ecografía, oyes como un caballo desbocado y salvaje corriendo sin cesar (BUM-BUM-BUM-BUM-BUM-BUM), te dicen que todo está perfecto… y tu mundo se para. Se para y creedme: no vuelve a ser el mismo. Lloras, lloras todo lo que no has llorado hasta el momento. Te abrazas a tu pareja y le miras a los ojos… sabiendo que te contestará: <<Adelante>>.

Éste fué el inicio de todo. El principio de mi embarazo. Un embarazo muy tranquilo a nivel de síntomas: ni mareos, ni vómitos, ni desgana… Sólo un olfato que ni los mejores sabuesos: todo aquello que oliera mil veces más de lo que mi nariz toleraba… sí me hacía vomitar. Y en esa época, trabajando con niños y niñas de 3 años que aún se hacen pipi y caca… pues lo pasé bastante mal. Por fortuna o desgracia, el tiempo avanza (a veces demasiado rápido, otras demasiado lento)… y llegaron a término las primeras 12 semanas de embarazo. El primer trimestre completado. Y todo iba viento en popa, correctamente. Y la lentejita (en ese momento no sabíamos el sexo, ni nombres) crecía perfectamente, sin ningun problema.

Llega un momento en que todo se descuadra. Una de las lecciones más importantes que me ha dado la vida es que la vida es una sucesión de blanco y negro, de grandes momentos y horribles momentos, de tocar el cielo y… casi en pocos segundos… tocar el infierno. Y ese momento, durante mi embarazo, también llegó: a nivel laboral. Una serie de circunstancias que se unieron para empezar un segundo trimestre muy cañero, con muchos nervios, mucha tensión, muchísima ansiedad, mucho miedo… Un segundo trimestre que aguanté, como pude. Con tardes de llanto en casa, desesperada. Con mañanas de buena voluntad, simplemente pensando: <<Pasará>>. Finalmente, tomé la decisión más acertada en mi caso. A través de unas gestiones, cogí la baja por riesgo durante el embarazo. Y empezó la etapa más tranquila de mi embarazo, de mi vida en general.

Las siguientes semanas y hasta el final del embarazo fueron dedicadas a prepararlo todo: habitación, ropita, pequeños trabajitos pendientes (sobretodo, mucho DIY)… Muchas amigas y conocidas me lo advertían: <<Aprovecha estos momentos y disfrútalos>>. Creo que les hice caso… El único aspecto negativo, que enturbiaba esta sensación de paz fué la amenaza de preeclampsia. Soy una persona muy nerviosa, inquieta: por  nada me altero. Y las batas blancas, los médicos y los hospitales en general (aunque sean consultas) me dan mucho respeto. Me alteran bastante. Y en esas últimas semanas… mi tensión se había disparado, algo normalizado en mí (mi tensión natural es elevada).

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El día anterior a la FPP (Fecha Prevista de Parto) fuí a monitores y correas. Todo correcto, todo perfecto. En la consulta con la matrona, me comenta: <<Te haré un tacto para ver como va>>. <<¿Y si me niego?>>, respondí yo. <<Estando tan cerca de la FPP lo hacemos sí o sí, para tener una idea nosotras de cuando puede desencadenarse todo>>. Y accedí. Como inexperta y novata. Accedí… Y con ese tacto noté un CLIC, un RAS. Primera sorpresa que me llevé de mi parto en el HSJDD: una maniobra de Hamilton.

Pasó el día tranquilamente: estuvimos comiendo con mis padres, paseando y comentando todo lo relacionado con el hospital. Para mi madre, lo de los monitores y las correas era una novedad, pues en su época nada de nada… Pero… yo tenía el cuerpo raruno ya. A la mañana siguiente, sobre las siete, me levanté con un dolor como de regla, con mucha presión en el pubis. Después de caminar un poco e ir al lavabo me encontré mucho mejor. Aquel dolor y aquella presión… no me abandonarían, pero. Pasamos el día con Glass muy relajado: dar una vuelta por un centro comercial, comer en un Viena (aún recuerdo perfectamente el gusto de la última comida…), continuar dando vueltas… hasta que empecé a ir al lavabo como cinco veces seguidas. Y todas con aguas mayores. Pedí a Glass de volver a casa, pues no me acababa de encontrar bien. En casa… el festival de las contracciones fué a más, y más, y más…

Sobre las ocho de la tarde, después de ver a Glass histérico perdido (muy, muy nervioso… pobrete mío), pedimos un taxi y nos fuimos a HSJDD. Cada día que pasa me arrepiento de no haber esperando más en casa… de no haberme dado la oportunidad… Ingresé en un box y rápidamente una legión de cables, ventosas y demás artilugios médicos invadieron mi cuerpo. Tengo el recuerdo del tensiómetro, el pitido intermitente, las dolorosas contracciones, el no poder moverme de la camilla dura e incómoda a más no poder… Quería moverme, quería caminar, quería poder participar en esa guerra. ¡¡Pero con el p*** tensiómetro era misión imposible!!

Después de varias analíticas de sangre y orina, la ginecosauria de turno (lo siento, si algun otro o alguna otra profesional de esta rama me lee: esa tía era una GINECOSAURIA, por mentalidad y por trato con la paciente, y no me merece respeto alguno) me dijo que me dejaban ingresada y me ayudarían a accelerar el parto, pues había riesgo de preeclampsia. (¡¡Y dale con la palabra de mie***!! ¿Tranquilizar a la paciente? ¿Pa’ qué?) Era un sábado de finales de Julio, un día muy propicio para empezar las vacaciones de verano…

Ya en el paritorio empezó mi infierno… Antes de continuar, quisiera aclarar algo: el HSJDD se enorgullece de tener el Programa MARE, de ser respetuoso con la mujer parturienta y con el bebé que está por nacer… Pues bien: lo que contaré a continuación en mi opinión no tiene nada de respetuoso ni hacía mí ni hacía Galletita.

Seguimos… Empezó el infierno: <<Para que estés más tranquila y relajada te pondremos la epidural>>. Llegó el anestesista (un amor) y la matrona iba apretáaaaaaandome para que me pudieran poner la dichosa injección. Cuando digo apretáaaaaaandome me refiero a dejarme totalmente doblada sobre mí misma, pudiendo aplastar a Galletita y -por consiguiente- con un dolor de costillas y demás órganos míos o de mi hija… Pero eso no importaba: ¡¡importaba el tiempo, poner rápido la epidural, parir y marchar!!

Venía dilatada de 4 cms desde casa. Pues bien: empezaron a contar minutos y horas en el reloj del paritorio y no dilataba. Normal, dado que para una mayor dilatación y mayor trabajo de parto, la madre necesita libertad de movimiento… ¡¡no estar encamillada o insensible de cintura para abajo!! (Derivado de la cantidad de epidural que me metieron en el cuerpo… estuve dos meses, ¡¡¡dos meses!!! con las piernas insensibles. No notaba nada, en serio… Incluso Glass, preocupado en su día, me clavó una aguja y no la noté…) Así que para poder dilatar me hicieron otro regalo: oxitocina sintética en vena.

Unas horas después… vuelven a venir, ginecosauria y matrona. <<Tienes a la niña aún muy arriba, esto no avanza>>. Y sin previo aviso… ¡¡¡PRESSING CATCH!!! ¡Una maldita maniobra de Kristeller me vino de regalo! Maniobra prohibida por la OMS, peligrosísima para madre y bebé… y no mencionada en mi historial de parto. ¿Pa’ qué?

<<Mira, la niña está encajada pero no acaba de salir. Te damos una hora más, y si no sale la ayudaremos nosotros>>. Y se marcharon. Tal cual. Y Glass y yo oímos claramente, sin moderar la voz ni nada, a la ginecosauria rezongar con la matrona mientras salían del paritorio: <<Si no la saca en un rato la rajo, te lo juro. ¡Ésta no me jode las vacaciones!>>. Literalmente. Palabra por palabra… ¿A qué mola?

Finalmente, a las seis de la madrugada volvieron a presentarse en el paritorio. Y entonces… <<Tú no me rajas>>, le dijé a la ginecosauria mirándola a los ojos. Y Glass añadió: <<Puede hacerlo>>. Para chula y farruca… ¡¡yo!! Galletita estaba perfectamente: ni aguas sucias ni pulsaciones anormales, ni sufrimiento fetal… Así que decidí pujar y pujar como si me fuera la vida en ello.

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Y Galletita nació. A las 6:57 de un domingo de Julio. Después de ayudarla a nacer con fórceps (había distocia por rotación, según el historial de parto; mi versión -y la de Glass- es que después de marearla con oxitocina a chorro y la Kristeller, la niña giró la cabeza) y llevarme yo de recuerdo una episiotomía, salió Galletita. Llorando a pleno pulmón, rojísima, sucia, pringosa… Y se la llevaron. A limpiarla. A medirla. A pesarla. A pesar de haber pedido en mi plan de parto que cuando naciera me la pusieran encima mío, para poder darle mi calorcito. Por fortuna, Galletita es una luchadora nata y en seguida que me vió (y vió su adorada tetita) se lanzó a por ella como una jabata. Por fortuna, a pesar de todas las guarradas que me hicieron, mi cuerpo es sabio y pude dar de mamar a Galletita sin problemas de lactancia graves (bueno… una ingurgitación mamaria derivada de la oxitocina y la epidural…).

Con el tiempo, rememoras todo aquello, y te das cuenta que tu parto fué robado. Sin previo aviso. Sin riesgos realmente. Sin problemas más allá de aquellos que quisieron inculcarte. Con el tiempo… dejas atrás los malos recuerdos, y piensas sólo en el momento que ves la cara a tu hija, como te mira la primera vez con esos ojillos vivarachos. Como te sientes cuando finalmente conoces al gran amor de tu vida. Como te vuelves a enamorar de tu marinoviocostillocompañeroparejoesposo otra vez, por darte ese gran y maravilloso regalo.

Mi historia, la de mi parto, está recogida en dos sitios: Dona Llum y PAVOC (Plataforma de Afectadas Por la Violencia Obstétrica en Cataluña). Mi intención es poder colaborar con la segunda asociación para denunciar mi caso, como el de otras mamás. Otras como yo a las que robaron SU momento. Otras como yo que tienen secuelas y sus bebés padecieron más que el tuyo. Para que no vuelva a ocurrir. Para que las futuras mamás puedan parir sin todas estas chapuzas. Por mis primas, amigas, conocidas… Por mi hija y su generación de amigas, primas, conocidas…

Éste es el principio de todo. Ésta es nuestra historia. Gracias si has llegado hasta el final, si has leído todo.

 

<<El único problema es la creencia introducida en el inconsciente colectivo, que determina que los partos sólo se atraviesan bien si es dentro de una institución, con médicos asistiendo, controlando y dirigiendo la “operación”. Esta aseveración es sencillamente falsa. Sin embargo… tendríamos que ser muchos miles y cientos de miles de mujeres que experimentemos la tranquilidad y la paz de los partos en la intimidad y cariño, para que alguna vez nos volvamos a apropiar de nuestros cuerpos y, por lo tanto, de nuestros partos. Mientras los partos no regresen a nuestros hogares, las mujeres no podremos asumirnos “feministas”.>> Laura Gutman

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